Mira ahora a los cielos… ¡mira a Abraham!

La fe de este héroe de fe lo convirtió en un ejemplo de obediencia, confianza y paciencia, que es seguido por todos los que forman parte de su descendencia.

Los ojos se adaptan a la luz o la oscuridad que los rodea, captan imágenes e identifican la belleza, los colores y la distancia. Pero tienen más que esta capacidad física y, por eso, el Señor Jesús advirtió: 

“La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará lleno de oscuridad. Así que, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡cuán grande será la oscuridad!” (Mateo 6:22-23). Esta advertencia se corrobora a lo largo del Texto Sagrado.

En Génesis 3 leemos que Eva vio que el Árbol en medio del Jardín del Edén era bueno para comer y luego desobedeció el único mandamiento de Dios e hizo que Adán hiciera lo mismo, de modo que los ojos de ambos se abrieron a sus propias debilidades. . Así entró el pecado en la Humanidad y, con él, la muerte.

En una tierra de iguales…

Con la multiplicación de los seres humanos, también se expandió la corrupción humana, la distancia entre ellos y Dios, la maldad y la idolatría. La Tierra entera estaba sufriendo y la ciudad de Harán (actualmente ubicada en el sureste de Turquía) no fue diferente. Allí, el pecado y la idolatría se extendieron entre las personas que ni siquiera habían oído hablar del Creador – y mucho menos eran sensibles a su Voz. De hecho, cualquier similitud con la actualidad no es mera coincidencia, aunque en Harán alguien discrepó.

…un hombre diferente

Era alguien que soñaba con ser padre y podría hacerlo si tuviera otra esposa, pero que optó por ser fiel a una mujer estéril. Por lo tanto, es de suponer que también fue honesto, recto, justo y tan excepcional que destacó ante los ojos de Dios. Ese hombre era Abram. En el libro “La fe de Abraham”, el obispo Edir Macedo explica que “aunque vivió en una tierra pagana, donde la promiscuidad era motivo de adoración y alabanza a los dioses, Abraham permaneció fiel a su única esposa. (…). ¡Seguramente Dios vio que si Abraham podía ser fiel a su esposa, aunque ella fuera estéril, ella también sería fiel a Él, como sierva!

Sin dudarlo, aceptó el llamado de Dios, creyó en Sus promesas (Génesis 12), dejó todo atrás y se fue sin mapa y sin pruebas de que Dios era real ni garantías de que tales promesas se harían realidad. “Podemos admirar la grandeza de la fe y sus resultados en la vida de Abraham durante sus cien años de comunión con Dios, pero no podemos olvidar que su primera actitud hacia el Señor fue su obediencia irrestricta, cuando dejó su tierra, sus familiares y la casa de su padre”, citó el Obispo.

Ejemplo a seguir

Pasaron años de fidelidad y Abram prosperó mucho, pero su sueño de tener un hijo y la promesa de ser padre de una gran nación no se hizo realidad. Con el tiempo llegó la desesperanza, porque aunque tenía a Dios como escudo y como una grande recompensa , su mayordomo, el damasceno Eliezer, era quien sería su heredero (Génesis 15,1-3). Fue cuando, después de que Abram le hiciera esta pregunta a Dios, ocurrió un momento singular. Dios lo invitó a salir de su tienda para revelarle que el sueño que soñó era pequeño comparado con lo que el Señor tenía preparado y, por eso, lo animó diciéndole “mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si puedes. cuenta” y el Todopoderoso pronto le recordó que “así será tu descendencia” (Génesis 15,5). Finalmente, mirando al cielo, “creyó en el Señor y le fue contado por justicia” (Génesis 15:6).

¿Cuántas personas anhelan algo que, a los ojos humanos, parece imposible de lograr? Hay quienes se esfuerzan por encontrar un camino o viven amargamente porque nunca obtienen lo que quieren, pero también hay quienes ven más allá de este mundo físico, tal como Abram.

Lo único que tuvo fue una promesa y una visión del cielo estrellado y sin embargo permaneció caminando en la Presencia del Todopoderoso y siendo perfecto, hasta que el Señor hizo un pacto con él y le cambió el nombre a Abraham (Génesis 17.1-10).

Fueron 25 años de obediencia irrestricta a Dios desde su salida de Harán hasta que Sara concibió a Isaac y Abraham vio materializado su sueño en su regazo (Génesis 21,1-5). “Siempre es bueno recordar a Abraham como símbolo de perseverancia y paciencia, que caracterizaron naturalmente su fe genuina. Creyó contra las circunstancias naturales, pues Sara era estéril y, además, su tiempo de ser madre ya había pasado. Es decir: creyó cuando todo parecía completamente perdido”, escribió el Obispo.

No en vano leemos en Isaías 51:2: “Mirad a Abraham, vuestro padre,y a Sara, que os dio a luz;cuando él era uno solo lo llamé,y lo bendije y lo multipliqué.” En la Biblia con las Notas de fe del Obispo Edir Macedo, se nos recuerda que “cuando se eligió el patriarca, era uno solo (Ezequiel 33,24). Además, le fue imposible generar un pueblo, porque Sara, su esposa, era estéril. Los modestos comienzos de este matrimonio, que concibieron a su hijo en la vejez (Abraham tenía 100 años y Sara 90), y su perseverante obediencia hicieron que ambos se convirtieran en una referencia para todas las generaciones. Abraham y Sara llegaron a ser padres no sólo de Israel, sino de todos aquellos que creen en la Palabra de Dios (Romanos 4.16-22). Imitar su fe y confianza en tiempos de adversidad genera fortaleza y testimonio para siempre”. Esta fe abrahámica es la fe verdadera. Una fe capaz de realizar no sólo los sueños personales, sino, sobre todo, los medios para alcanzar la Salvación.

Dejando de mirar los fracasos

“Mi familia está marcada por la quiebra financiera, desde mi padre hasta mis seis hijos. Incluso con 28 años de “fe cristiana”, me enfrenté a tres quiebras”, dice la empresaria Wanderlene da Silva, (foto abajo) de 55 años. Cuenta que su vida amorosa siguió el mismo camino: “Tuve tres relaciones fallidas. Mi gran sueño era formar una familia y para eso me casé a los 18 y a los 22 ya me estaba separando por primera vez, con una hija de 4 años y una hija de 2 años ”.

Inicialmente, asistió a una denominación que pagaba su seminario de Teología, ya que quería “cumplir misiones”. Sin embargo, sufría de profundas depresiones, disturbios nocturnos, pesadillas y quería abandonar a sus hijas. Así llegó a la Universal en el año 2000, pronto se liberó, se curó y fue consagrada como una trabajadora voluntaria. “En 2008 me casé y ocho años después nos divorciamos por causa de una infidelidad . Con el fin de mi segundo matrimonio y sintiéndome muy mal espiritualmente, dejé la Obra de Dios para tener una relación con un incrédulo”, dice.

Ella todavía estaba en la Universal, pero era ciega. “Le tenía rencor y un odio mortal a mi exmarido, me metí en deudas con usureros y tuve desavenencias con mis hijas. Incluso le dije a Dios que ni yo misma podía soportarme, tan amargada me había vuelto. Culpé a todos por mis fracasos y me eximí de culpa. Pensé que tenía el Espíritu Santo, pero ni siquiera había nacido de Dios. Mi condición espiritual a lo largo de estos años demostró que todo lo que experimenté fue religiosidad, pero esto sólo lo vi a través de la Palabra de Dios escuchando los Mensajes de un Obispo”, relata. Esta Palabra le hizo reconocer su condición y la santidad del Altar. Ella siempre participó en las Campañas de  Fe e incluso obtuvo bendiciones materiales, pero no duraron. “El Altar es Santo, por eso el sacrificio necesita ser santificado, pero ¿cómo podría ser así , si mi corazón estaba herido y destrozado por frustraciones y resentimientos?”, reflexiona. Fue cuando miró sólo al Altar y obedeció el llamado de Dios, sacrificó su relación, hizo todo lo que Dios le pedía y buscó el verdadero bautismo con el Espíritu Santo.

“¡Mi ‘nacimiento’ tomó 24 años! Le pregunté a Dios el motivo de ese dolor y Él me mostró que mi “casa” había sido construida con orgullo, arrogancia, egoísmo, conjeturas, resentimiento, dolor y que estaba siendo demolida. ¡Pero quería entregarme a Él! ¡Tenía tanta sed del Espíritu Santo que quise entrar en Él hasta poder sentir que estaban el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo juntos generando en mí una nueva criatura! Luego vino la alegría, la paz y descansé en mi Señor como una mujer que descansa y se alegra después de dar a luz a su nuevo hijo”, explica.

Desde entonces, su atención se ha centrado en mantener su relación con Dios y a sido fundamental para salvar a su familia. También saldó sus deudas y ha prosperado, ayudando siempre a su familia y siendo patrocinadora de la Obra de Dios. “¡No me pierdo nada! El Padre ya me ha dado mi mayor tesoro: el Espíritu Santo”, concluye.

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